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Enrique González Martínez, Enrique González Rojo y
Enrique González Rojo Arthur, abuelo, padre e hijo; poetas los tres.
Especial / Síntesis
Jamás he sabido explicarme el desdén cercano ala aversión con que alguno escritores juzgan el periodismo. Cierto es que no abundan los literatos profesionales que se sientan con capacidad notaría para comentar el suceso fugitivo, apremiados por el linotipista, que no conoce la palabra “esperar”, ni son muchos los dispuestos a limpiarse de escrúpulos de estilo, y aun de gramática, a cambio de ser amenos espontáneos y oportunos. Pero dejando a un lado la falta de aptitud o la carencia de afición, creo que, para la mayoría de los escritores, el trabajo periodístico es favorable a su obra sustancial; y esto sin olvidar que el periodismo profesional, ejercido con inteligencia y honradez, es por sí mismo una alta función que no cede en importancia a ninguna otra.
Para el escrito que cultiva el campo periodístico en forma transitoria, sin ánimo de seguir en él y con vista a otra índole de trabajo creador, la prensa diaria es una gran escuela. Aquel interés por el hecho cotidiano, que parece burlarse de la atención fugitiva y que suele tener mayor trascendencia de la que ordinariamente se le concede, aquel curar el alma de la indiferencia habitual hacia todo cuanto nos rodea, despierta y vigoriza un sentido humano que duerme escondido en lo más hondo de la conciencia. Vivir entre los hombres, agruparse en el coro de sus pasiones y sus entusiasmos, compartir sus tristezas, sus amores y sus odios, es una forma de intensificar la vida, un nuevo vivir. Más tarde -la ocasión llega siempre-, vendrá la hora en que se depuren las cuentas de la palabra escrita y de la conducta observada, la hora de ratificar o rectificar lo que se ha dicho o practicado al calor de la juventud tormentosa y de los falsos o nobles propósitos del momento que pasa. Siempre habrá tiempo de entender por qué se ha pecado y de dónde viene el mandato de la enmienda.
En lo literario, en el metier, en la técnica del oficio, el proyecto del periodismo es más visible todavía. El brevísimo meditar sobre el asunto elegido, el sentarse frente a la máquina para el aliño, con tiempo apenas para un leve retoque o una corrección minúscula mientras el linotipista está sediento de original y el jefe de redacción enfermo de impaciencia, son escuela de espontaneidad, antídoto de lo libresco, estímulo del pensamiento claro y de la forma fácil. Son la antesala del arte y del estilo, de la formula bella y del verbo limpio, NO he conocido escritor digno de tal nombre -ya casi todos los hombres de pluma hemos remado en la misma galera– que se haya dolido de sus tiempos de periodista, ni que se lamente de que el trabajo febril de la prensa le haya quitado bríos para dar cima a la obra soñada. Por allí han pasado poetas y novelistas, críticos e historiadores. De mí sé decir que, dejando a un lado pecados políticos que no sabría sinceramente disculpar, y dejando al margen arrepentimientos tardíos que no han podido dejar blancuras de llevón en el alma, recuerdo con fruición aquellas horas de turbulenta juventud, de engaños ligereza, de atropellada confusión de ideales y normas. Y, sin embargo, ¡cuánta fuerza vital, cuánta fe ciega, cuántos fervores consumidos en cosas que ya sentimos extrañas y distantes! Hoy tal vez, sin que podamos achacar nuestros errores a la inexperiencia de antaño, estamos recorriendo caminos que mañana será forzoso desandar.
Continuación...
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