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Jueves 29 de Julio de 2010*

 
   

Querétaro: un viaje a mi semilla
María Alejandra Domínguez Sánchez

   
 

 

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Acueducto de la ciudad de Querétaro.Fotos: Especial/Síntesis.

* * *

Atravesamos una parte del país, hacia el Bajío, por el Arco Norte, rayas en el asfalto, letreritos con un número de kilometraje que indica 95, 96, 97. Cada vez más cerca. Ver de lejos al indio Conín siempre me dio una esperanza. Alguna vez Querétaro fue mi hogar y me emocionaba verla a lo lejos, destellando en la noche, rutilante como las estrellas de Van Gogh. Ahora es de día y aparece agigantada, la mancha urbana sube por los cerros y remata en edificios modernos que hace veinte años no existían. Haremos una parada aquí para desayunar en la Plaza de Armas, admirar una vez más los perros de bronce de la fuente y continuaremos luego el viaje hacia Morelia para celebrar el cumpleaños 80 de mi tío Bernardo, patriarca de la familia, piedra angular. Viajamos en cuerda familiar, en tribu Domínguez. Todos sentimos emoción por estar aquí, pero la de cada quien es distinta. La de los niños implica una alberca acariciada días atrás, la mía, el reencuentro con la familia, las historias apocalípticas de mi tío, la revisita a dos ciudades que significan mucho en mi vida: Querétaro, Morelia. El cariño hacia mis primos, tíos, el descubrir que los sobrinos de pronto dejaron de ser bebés y devinieron en árboles fuertes. Morelia será nuestro destino final en este viaje de tres días que cierra estas vacaciones de verano como en un círculo, redondo, absoluto. El destino siempre es puntual en su aparición, nadie puede retrasar sus relojes o adelantar sus manecillas. Decir que los planetas se alinearon una vez más para hacer este viaje posible no es tan exagerado como parece. Algunos contratiempos tuvimos que sortear para poder hacer el espacio de tiempo que ahora se abre franco y disponible, como una página en blanco. Eso son los viajes, la misma emoción de tener un cuaderno nuevo, poder escribir en él. Nada está dicho. Pienso eso mientras atravesamos un nuevo kilómetro a bordo de esta camioneta roja.

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Aspecto del Querétaro antiguo.Fotos: Especial/Síntesis.

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Una joya del barroco en Querétaro.Fotos: Especial/Síntesis.

Mi papá quería y no quería parar en Querétaro, lo dudó un poco antes de decidir que sí, que en vez de Toluca nos fuéramos por Querétaro. Yo lo escuché pensando que al final se decidiría por la segunda opción, y así fue, no hubo que insistirle mucho. Esa ciudad es siempre un lugar al que quiero volver, tal vez a regodearme de mi pasado o recorrer las mismas callecitas y las mismas plazas que anduvimos tanto. Sólo necesita un pretexto para querer ser visitada. Una parte de mi adolescencia aún vive en esos escenarios de piedra dorada. Aquí siempre hace calor. Los días sofocantes de entonces hacían hervir la pintura de aceite de las bancas de mi escuela y con el calor seco de 35 grados y una luz brillantísima, o aun bajo la sombra de las jacarandas, podía recorrer una y otra vez una ruta, o cambiarla a mi antojo. De la escuela de agustinos recoletos a mi casa, de mi casa a la universidad, de mi casa al centro, a las clases de inglés los sábados, a la “oficina” que improvisamos mis amigas y yo. Querétaro fue mi iniciación flaneur.

Después he recorrido con ahínco otras ciudades, hasta volverlas parte de mí, grabar en mi consciencia sus datos, coordenadas, olores, esencias, señales de humo. Cada ciudad es distinta, y ha sido creada para un fin específico, quizá algunas dejaron de ser ellas mismas y se volvieron de papel o de memoria, como las ciudades invisibles de Italo Calvino. Así me pasa con esa ciudad: antes fue más concreta, luego se volvió una ciudad de la memoria. Ahora es una combinación extraña de ambos elementos.
Ya estamos en Querétaro y la ciudad tiene un rostro familiar, como cuando dejas de ver a un amigo por algunos años y puedes descubrir en él una nueva arruga en la frente, algunas canas. Básicamente sigue siendo la misma, quizá hermoseada o un poco decadente, algunos hoteles y restaurantes nuevos, pero la piel esencial de la que está hecha no cambia. Al recorrer nuevamente sus laberintos puedo desgajar el recuerdo de aquella que fue cuando yo tenía catorce años; una ciudad premoderna, sin mucho que hacer y poco que escuchar. Una ciudad que languidecía en un sueño gordo a las dos de la tarde y se colgaba de la música clásica que emergía en tropel por las ventanas de la tienda de un anticuario.

Descubrir que en La mariposa se siguen vendiendo los mismos deliciosos pasteles de nata, que el mantecado de canela sabe igual de bien, que las calles son tan estrechas e impecables como hace veinte años es un cliché viajero. Lo que no es un cliché es lo que este escenario me evoca y provoca. Un contexto que regresa el tiempo, que es capaz de un viaje a la semilla como sucede en el cuento de Carpentier o en la vida de Benjamin Button. Lo distinto es que este viaje me regresa a mis catorce años y puedo sentirme claramente de esa edad otra vez, cuando el mundo era liviano y tóxicamente melancólico y descubrí un amor secreto, innombrable. Lo tengo en la punta de la lengua, lo puedo ver aún de frente, las hormonas haciendo de mi estómago un circo y el corazón latiendo como un potro desbocado. También puedo verme en shorts, en bermudas, caminando a las dos de la tarde cuando todos duermen en medio de tanto calor y yo en busca como la niña de El amante de Marguerite Duras y entonces empezaré a traspasar fronteras, a cruzar una línea divisoria entre la niñez y la adolescencia, dejaré de ser una crisálida. Y sentiré por primera vez que estar en el mundo pesa, que no es fácil reconocer los sentimientos. Que a veces tengo unas ganas terribles de llorar y de crecer, de volverme otra, de no estar. Que nadie puede ni siquiera imaginarse por lo que estoy pasando. Que me ahogan mis sentimientos recién descubiertos, que a veces estoy o muy feliz o muy deprimida y mis estados de ánimo oscilan entre estos dos extremos como en un péndulo abominable.
Estoy a la deriva de mí misma, soportando mi carácter y desprendiéndome poco a poco de la niña de 13, 12, 11, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1. En medio de esa locomotora de emociones que me arrasa y deja exhausta cada día, descubro en la lectura un puerto para encontrar la tranquilidad.

Puedo devorar novelas, volverme adicta a las historias que me hacen vivir fuera de ese infierno tan temido llamado adolescencia. Soy Emma Bovary por primera vez, quiero vivir a través de la ficción, me siento Scarlet O’hara. Necesito Tara y las aventuras propias de una guerra de secesión, sus vestidos y flores. Pero también soy la Muñequita perfecta y cursi de Rafael Pérez y Pérez o, en un arranque de voluntad americana, la María-naturaleza de Jorge Isaacs. Y tantas otras. Ana Frank y su valentía; Loto y su belleza en La buena tierra; Brett y su enigmática personalidad en Ahora brilla el sol, no recuerdo cuántas más. Empecé a ser ellas, a sentirme ellas y descubrir que aquellos personajes me cincelaban por dentro una imagen de mí misma como la estatua de Pigmalión.

Regreso al presente cuando un joven guía nos explica la importancia de la firma de la Constitución de 1917 en el ahora Teatro de la República, un teatro palaciego, rojo, hace el calor de siempre afuera del teatro, quiero estar en la calle recordando. En la otra acera hay una boutique de entonces, Margus, que aparece de pie a pesar de las tiendas nuevas y de cadena. En mi adolescencia era quizá la tienda más elegante de la época. Ahí me compraron un vestido de gasa rosa con tabloncitos para una Navidad, me vestí así, con zapatillas rojas. Dejé los zapatos bajos de Dorothy de El mago de Oz y me metí a unos tacones que me hicieron crecer en un abrir y cerrar de ojos.

Evoco caras, rostros, situaciones en muchas esquinas, bancas de parque, restaurancitos que ya no existen, como Le Kankinkos, fuente de sodas predilecta donde preparaban unas papas fritas deliciosas. Y así podría seguir como hilo de media en cada puesto. No quiero actualizar mi visión de la ciudad, prefiero que siga siendo el receptáculo de mi nostalgia y que se quede así, dormida y cerrada hasta otro día que vuelva a pasar por Querétaro o quedarme unos días. Tal vez algún día cuando esté cansada de ser una mujer de 38, 39, 40, 41, pueda regresar y quedarme un mes o al menos una semana y vivir en pleno el retrato de Dorian Gray. Tan sólo tendré, una vez más, que recorrer los lugares a los que recurro una y otra vez al pasar por aquí: la casa en avenida Morelos donde vivíamos, las rejas del Colegio Fray Luis de León, la de mi amiga Alejandra en la calle de Arteaga, la plaza de la Corregidora, el convento de la Santa Cruz, el mirador de la estatua de Juárez de la universidad y tantas y tantas direcciones que guardo en un cajón de la memoria.

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Una joya del barroco en Querétaro.Fotos: Especial/Síntesis.

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Patio del edificio donde fue encarcelada Josefa Ortiz de Domínguez.Fotos: Especial/Síntesis.

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Moderna fuente en el centro histórico de Querétaro.Fotos: Especial/Síntesis.

Mis hijos piden una pelota de estambre del tamaño de un limón en un puesto de artesanías, será el leiv-motiv que los ligue a esta ciudad; juegan con ella en la Plaza de Armas; la convierten en un santiamén una cancha de fútbol que podría tener las dimensiones imaginarias de el estadio del Bayer Munich, el Nou Camp de Barcelona o el Azteca en el DF. Se esconden en la sombra de los laureles de la India, son como pequeñas criaturas mágicas que pueden hacer del mundo un patio de juegos. Mientras, los adultos desayunamos parsimoniosamente nuestras crepas de huitlacoche y jugo de naranja recién exprimido. La belleza y trazo de la plaza no dejan de sorprenderme. Me parece un teatro ideal para la experimentación insurgente; imagino a la Corregidora con su rebozo de bolita y enaguas largas caminando enfrente de mí.

Pienso en la siguiente novela que quiero escribir, un viaje al periodo independentista, con personajes de carne y hueso que inauguraron la libertad con ideas enciclopedistas. A Querétaro también le debo eso: me miro ahora, de nuevo en una piel de niña de catorce años y puedo recordar el momento exacto en que fabriqué mi primer personaje. Yo estaba sentada en un salón de belleza, esperando mi turno; de pronto, irrumpió una mujer, tenía rostro pálido y una mirada extraviada. Hice de ella un personaje, le inventé una historia intrincada y singular.

Me subo al último vagón de la nostalgia y empiezo a despedirme; no quiero dejar enredada mi alma en estas calles como alguna vez lo hice cuando la dejé vagar ahí, atorada en ese paquete de tiempo y horas. Me despido de mi amiga Tere que se casó prematuramente en la Iglesia de la Congregación a las ocho de la noche; de la monja que me regañaba al salir del catecismo por vestir minifalda; de Beto, mi maestro de teatro, que era actor del Corral de Comedias; de Alejandra, mi amiga que improvisó una oficina al final de un pasillo, en un sillón olvidado del edificio de Correos. Los trabajos de la oficina consistían en fumar y hablar del club que habíamos inventado; me despido del padre Miguel que me sigue enseñando cómo no se debe enseñar Literatura; le digo hasta pronto a la Corregidora y al Corregidor Miguel Domínguez; me despido de Enrique, mi compañero de banca que me ayudaba a traducir canciones; le digo adiós a Jaime y a su tristeza anclada a la muerte de su padre; dejo atrás a Peque, quien me enseñó a jugar básquet; me desprendo de todos ellos. Cierro el recuerdo de los yogurths con granola, de los molletes con salsa roja a la hora del recreo, de las gorditas de manteca rellenas.

De vuelta en la camioneta, el futuro se abre como un mar navegable. Cierro los ojos, escucho a Cindy Lauper; me tiro a un sueño profundo como una mancha de sol en el césped. Estoy aquí; y mi alma de nuevo, conmigo.

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