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Jueves 29 de Julio de 2010*

 
 

Pez dorado
J.E. Parker Salomón

 
   


El pez dorado. Acuarela. J.E. Parker Salomón.

Aquel día apoyado en la baranda de un viejo buque español, exactamente a babor, vi en ese momento nadando a un pez, obre las aguas tranquilas del mar Caribe. Esto desde luego no es nada raro que suceda en esas latitudes de las Antillas, es decir entre el espacio que separaba al viejo vapor que muy pronto se convertiría en un museo flotante, y que tal vez estaría haciendo su última travesía entre Europa y América, navegando casi a un tiro de piedra de la isla de Cuba.

Aquel pez de lomo dorado y platinado, de tintes esmeraldas y tornasoles que me recordaron emocionado a Ernest Hemingway y al personaje de su libro El viejo y el mar. Las dimensiones de este pez caribeño, posiblemente escapado del Golfo de México, eran como las descritas por el viejo pescador cubano. El pez continúo su nado y se perdió en la inmensidad del océano. Así también yo también me perdí en el fondo de mis pensamientos entre las nereidas y los tritones.

Esa noche tuve por primera vez un momento feliz en mi vida. El inmenso océano bajo mis pies y, coronando mi cabeza, las imponentes constelaciones que al mirarlas recordé al loco de Gog, quien se pasaba cubriéndose la cabeza con las manos, desde el día en que le dijeron que las estrellas eran sus hermanas y temía que le llegasen a caer encima. En cambio para mí todo era distinto, regresaba de una de esas bellas islas del Caribe, era una de las mayores, tal vez como la que denominaban Quisqueya los indios tamos, y los criollos: “la que más amó Colón”. Había tenido éxito como artista plástico. No tenía cerca de mí a una esposa impertinente, tampoco a una amante lujuriosa. La opípara comida española acompañada de un delicioso vino tinto fue produciendo su efecto relajante y placentero que se me había negado, posiblemente, casi toda mi vida anterior. Sin ser rico contaba con un capital regular nada despreciable que me permitía ver con tranquilidad hacia el futuro. Al culminar ese periplo se me hizo presente vertiginosamente el pasado, ese pasado que la gente algunas veces pretende olvidar creyendo que con sólo ese hecho deja de existir. Pasado que surge tímido o agresivo y provoca retraernos a la realidad.

La placidez de aquel momento era incomparable, tal vez sin sentir o desearlo envidié la libertad del pez-dorado, sin pensar que ni pez, ni ave, ni hombre pueden alcanzar la libertad. Para el pez, la limitación del océano; para el ave su necesidad de descanso, igual que para el hombre lo es el sueño que sólo representa en la vida un intervalo de vida inmaterial, si es que así lo podemos llamar. El poder soñar es lo más cercano a la ansiada libertad que pretendemos alcanzar, pero cuidado, alguien se encargará de hacemos despertar. El desdoblamiento, el separar el espíritu de la materia que sólo se detiene por el temor de convertirse en el ave que al volar buscando la libertad puede perderse y entonces sí, ser libre, y al perder la cordura convertirse en un semana budista. O como aquel Sol-Luna de barro con las manos oferentes que son sopladas por su boca para ser limpiadas de un polvo de estrellas que no deben dejar rastro del pasado, que al fin de todo es tiempo muerto que carece de todo significado.

Aquella existencia que llamamos conciencia generalmente nos recuerda los momentos amargos, angustiosos. Los instantes felices permanecen diluidos por los años de distancia que nos separan de la realidad presente. Esas cicatrices que se han convertido en las arrugas que ahora como ríos surcan un rostro que antes fue terso y lozano, hablando de las experiencias vividas. Por ese camino hemos ido, quien sabe por cuánto tiempo más y que aún después de que Tánatos nos alcance, ya que no hay sepultura segura, que como dice la frase popular, "ya ni en la paz de los sepulcros creo". Y me hace preguntarme: ¿cuál es nuestro destino?
Recordé aquella tierra caliza que circundaba una fortificación llamada Fuerte de Loreto que se encontraba en las afueras de la ciudad llamada Puebla de los Ángeles. Ahí quedé impresionado por una escultura de San Cristóbal. Este personaje manco llevado a los altares había salvado a un niño de morir ahogado. La abuela lo veneraba y hablaba maravillas de este santo. Como grandiosa era también la Catedral de Puebla. Este edificio símbolo de la simbiosis de las razas de Mesoamérica, mexicanos y españoles, que dan como resultado el arte barroco mexicano. Se dice que fue construida dicha catedral poblana con la intervención de los ángeles trabajando como alarifes por las noches, y de ahí el porqué de su nombre de "Puebla de los Ángeles". En esta ciudad, la Francia de Napoleón III sufrió una terrible derrota por el ejército mexicano comandado por el general Ignacio Zaragoza, siendo presidente de México el Benemérito de las Américas, el Lic. Benito Juárez. Puebla, con su heroica historia, y en donde Carlos Fernando Lorencez, conde de Latrille, aprendió lo que es un pueblo que defiende su patria y su soberanía mancillada. Francia lo supo con la derrota de sus soldados y su presunción de ser el primer ejército del mundo aquel inolvidable 5 de mayo de 1862.

De la ciudad de México habíamos viajado tíos y primos acompañados de la abuela, la "mamá grande". En el camino, el tío canoso prematuro y de baja estatura que todo lo sabía, decía que ahí, cerca de un lugar llamado Río Frío, los lobos salvajes cruzaban la carretera asfaltada. Los primos, y yo como sobrino, emocionados atisbábamos por cristales de las portezuelas empañados por el frío que se sentía en aquel lugar, ansiábamos ver un lobo real y no como el del cuento de la mamá grande que nos contaba la vida de San Francisco de Asís, el santo que tenía el don de hablar con los animales.

Junto a este recuerdo se unía una de mis primeras experiencias relacionadas con el sexo. Una mañana al salir de la escuela primaria, una prima mía de escasos seis años de edad, tal vez uno menor que yo, me enseñaba su pubis sin vello, y yo le mostraba mi pene que aún no conocía la erección, después me sugirió meterlo en un agujero hecho en un montículo de arena, después nos abrazamos desnudos frotándonos uno sobre el otro nuestras partes nobles. Cuando fuimos descubiertos por una sirvienta impertinente el castigo vino hacia mí, con una inmerecida cueriza, y los gritos de la tía que gritaba como loca acusándome de perversión. Por mucho tiempo aborrecí a las mujeres, después cuando las hormonas se fueron imponiendo y transformando mi cuerpo de niño en adolescente fui perdonando las liviandades femeninas. La vigorosa adolescencia se imponía y los espermatozoides buscaban salir por aquel apéndice erecto de mi cuerpo torturándome sin descanso. Ahora me parecía que eran lindas mis enemigas de antaño. No entendía por qué la primera mujer en la historia de la humanidad era tan vilmente aborrecida y se le dibujaba siempre junto a una serpiente integrando un binomio de maldad. ¿Qué tenía de pecaminoso una manzana, siendo un delicioso fruto? No olvidaba que unos años atrás una mujer fue mi irreconciliable enemiga. Sólo que ahora de nuevo era solicitado por otra mujer, u otras mujeres. Ya fueran prostitutas en toda la extensión de la palabra, como aquellas del callejón de la Santa Veracruz, o alguna "señorita" entrada en años a la que le hacía falta sentir la satisfacción de su clítoris cansado de la experiencia proporcionada por su propio dedo medio, o el ajeno de una mano intrusa o generosa que le brindara placer.

Era el inicio de la vida que para la mayoría de la gente es como el ascender hacia la cúspide de una cima, pero para otros es el descenso de la misma montaña, que sin saberlo se aferra a la esperanza del mañana.
Mi vida de estudiante era casi como la todos los jóvenes, célibes, pero no castos. Ya alguna dama acomedida, o prostituta aprendiz de Mesalina, nos había depositado en su lecho mil veces compartido, iniciándonos en los placeres de Eros. Pero el ideal de Orfeo aún anidaba en el alma juvenil, sin la experiencia cruel, como la que deja la ausencia del amor idealizado. Esta otra iniciación podía guardar los recuerdos también de una noche en la que "jugando un volado", en un "águila o sol" se perdía la virginidad masculina, que también existe, y peleada por las prostitutas como un trofeo, y tan apreciada por las falenas.
Sobre aquella baranda de aquel buque recordé también ese día, y que en un oscuro callejón de un barrio de la ciudad de México, y que por la abstinencia prolongada ansioso me prometía ser capaz de fornicarme al propio diablo, cuando escuché la eterna y provocadora exclamación: "Joven, ¿no tienes frío?". Miré a mi alrededor y vi algo que se suponía era un tenebroso despojo humano de una mujer, horrorosamente negra, tal vez por su aspecto repulsivo la vi cercana a la más asquerosa y decadente vejez. Asqueado caminé rápidamente, alejándome asustado de aquel lugar, casi huyendo, jurándole al diablo que era mentira mi blasfemia.

Una experiencia similar al asco la había tenido al hojear un extraordinario libro, tal vez un incunable. La ilustración de una sus páginas contenía una reproducción de “Los sátiros”, de Rubens, tan bien lograda que dichos personajes causaban un verdadero sentimiento repulsivo. Afortunadamente en la página siguiente aparecía un rostro amable y sereno de una Madona, seguramente pintada durante el Renacimiento italiano. El nombre del autor, verdaderamente, hace tantos años de esto que lo he olvidado. Lo que no olvido es al viejo maestro y generoso bibliotecario que al mismo tiempo que puso en mis manos aquella joya bibliográfica y de la iconografía, con la súplica de no maltratar el valioso libro.
A estas experiencias la luz, como en el disco cromático de Newton, la memoria se va haciendo más clara, y la claridad va alcanzando una luz escalofriante y brillante, extendiéndose debajo de los pies como si fueran las caras sólidas de un diamante, que de su superficie pulida con la perfección de las aristas que forman sus hexágonos reflejan un arco iris que en las superficies planas y horizontales, o inclinadas con sus múltiples facetas retratan como un caleidoscopio la imagen repetida y cansada de un cuerpo multiplicado.

Estas reproducciones fantasiosas de la vida no permiten las sorpresas de los olvidos, sino más bien reafirman constantemente el dolor de la vida que se va alejando, que se va, sin permitimos asirla en un instante, en un momento que dice adiós, tampoco hasta luego.
Este ¿hasta luego?, no existe, es la separación de la existencia terrenal, supliéndola con la mítica Nirvana, Paraíso, Amitabha o Paraninfo que promete no sólo el lugar más elevado sino inalcanzable en la existencia del ser humano.
Después de esta experiencia, y el periplo envidiado por el Almirante Cristóbal Colón, que él, aunque lo hubiera también soñado, nunca supo, ni escuchó hablar de la tierra de Anáhuac en donde habitaron las grandes culturas, y en donde religiones cosmogónicas adoradoras del Sol habían predicho la llegada del hombre blanco barbado, además de salvaje, como don Hernán Cortés, y un Pedro de Alvarado, con su cabeza y barba hirsuta y pelirroja, en la cual derramaron la sangre de las doncellas y de los guerreros heroicos, los hombres tigres o águilas que espantados huían de las bestias cuadrúpedas, sin saber si eran hombres como ellos. En esa tierra del intruso Quetzaltcóatl en donde se escribió un génesis increíble del hombre de maíz, y de la luna. Como la noche y el día.

Los hebreos hubieran enmudecido haciendo a un lado su versión religiosa, no obstante la mítica ley del Talmud, así como la Tora, del rabino filósofo, hispano judío Maimónides.
Hernán Cortés logró la circunvalación naval de1 viejo al nuevo continente, además como ejemplo para los espíritus pusilánimes “quemó sus naves” obligando a sus tropas a continuar hasta la lacustre Tenochtitlán. Su cuerpo recibió en las noches de cierzo el calor de Matlalcuéyatl o la morena Malinche. De esta doña Marina indígena y su unión sexual con el conquistador nacieron los miles de mexicanos que ahora somos.

Yo, tú aquel

Aquella noche situado entre el mar Caribe y el Golfo de México, y que en ese momento sus olas me mecían tranquilamente me llegue a creer un argonauta que al fin había conquistado el vellocino de oro. Se me olvidaba que tal vez sólo era un ingenuo, como aquel personaje de Voltaire que buscaba la tierra de Jauja. Creía encontrar lo siempre perdido que muchas veces, o siempre, se esconde tras el antifaz de la ilusión o la esperanza, fingiéndonos que por fin lo hemos apresado o alcanzado, y volvemos a envidiar al pez-dorado que se había perdido en la inmensidad del océano, o en las profundidades del mismo mar.
Se vino a mi mente la importancia que tuvo para España aquel viaje similar al mío. El mismo mundo, antiguo o nuevo como fue llamado, se rejuveneció, y le dio al hombre, al ser humano, otra dimensión que con los años se atrevería a conquistar la Luna, la famosa Selene alcahueta de amantes y enamorados.
Recordé con un poco de nostalgia aquella pequeña iglesia, casi una ermita, que vi desde lejos cuando aquel viejo buque español navegaba sobre las aguas del río Ozama que se iban a fundir en la convergencia del Golfo de México y el mar Caribe. En esa iglesia se había dicho la primera misa cristiana en América, lo mismo que se había traído a otro dios que lucharía ya en el macizo del continente en contra de Tláloc, o de Huitzilopochtíi, saliendo triunfante tata Cristo.

Atrás iba quedando aquella bella isla con sus aguas tornasoles que cambiaban constantemente de color como una acuarela, de acuerdo a la profundidad en que se encontraban los arrecifes de coral, o la penetración de sus veneros de aguadulce, por un momento eran azules, en otros pintarse con tintes rojos o verde esmeralda. También se quedaba aquella rumbera que cuando joven había recorrido otra isla. Ahora era gorda, adiposa y teñida del pelo aparentemente rubio queriendo disimular las canas, pretendiendo aparentar una juventud inexistente y ya perdida había circulado por todos los cabarets y antros de su querida y lejana patria, ahora de vieja su compañía era un gato jubilado que, al faltarle una pata, su cojera ya no le permitía cazar ratones, no obstante era un minino consentido y bien alimentado con trozos de pechuga por su dueña. También se quedaba con ella un general obeso, viejo y retirado de las armas, que pretendía ser un cinturita protector de la bailarina sin futuro.

Ya en alta mar la voz de un marinero me sacó de mi ensimismamiento al preguntarme en dónde estaba la venezolana que me hacía compañía por la mañana. Era costumbre de todos los varones que viajábamos en aquel vetusto vapor, damos cita a las once de la mañana alrededor de la piscina y deleitarnos con el paisaje marino decorado con las bañistas en su mayoría jóvenes, algunas latinas y otras europeas, pero todas poseedoras de hermosos y bronceados cuerpos. Mi amiga venía de una isla llamada la Margarita, me había pedido que hiciera el sacrificio de aplicarle un bronceador sobre su bien formado cuerpo para evitar los estragos del sol, este hecho hizo pensar al marino imprudente que me encontraba pronto a conquistar a mi bella y repentina acompañante. Todo se convirtió en una furtiva amistad, y terminó cuando supo que en el puerto de Veracruz, que sería la próxima escala que tocaría el buque que nos transportaba, y en la cual me esperaban otros amores menos efímeros que el de ella. Así sucedería con los marinos, sobre todo el capitán del buque, que como dicen ahora los jóvenes "se había ligado" alguna pasajera, de aquellas que venían del viejo continente, algunas austriacas, otras holandesas como la novia de un peruano, peinado a la moda europea con fleco en la frente. De pronto la navegación se hacía mas lenta, las aguas del Golfo de México eran más frías que las del mar Caribe, e imperceptiblemente detenían la navegación del viejo trasatlántico español, que quizás presentía que este sería su último viaje marítimo antes de guardar en su vetusto casco y modestos camarotes incontables historias y recuerdos de amores y pasiones. Para él terminarían las travesías marítimas, para mí continuaría la vida con sus sorpresas, con sus errores y sus temores, pero desde aquel día recordaría siempre al pez-dorado que tal vez continuaría nadando o reposando agotado para siempre en el fondo del mar.

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